sábado, 3 de junio de 2017

Una curiosa estrella de ocho puntas en el pavimento de la Catedral de Valencia.



A finales del pasado mes de abril, algunos amigos de este blog tuvimos la oportunidad de realizar una maravillosa visita al interior de la Catedral de Valencia con un guía de excepción: el canónigo conservador del Patrimonio Artístico de la Catedral y Celador del Santo Cáliz don Jaime Sancho Andreu.

Durante la visita, tuvimos ocasión de subir y disfrutar del reconditorio, la Cámara Secreta de la Catedral que se encuentra en uno de los muros de la Sacristía Mayor,  cámara decorada con unas hermosas pinturas datadas entre los siglos XIII y XIV, y donde se guardaba la reliquia de la Santa Espina.

Reconditorio de la Catedral de Valencia.


Tuvimos oportunidad de ver la conocida como porta caladissa, una puerta levadiza que al igual que si de un castillo se tratara, protegía la Sacristía de la Seo, aunque como bien dijo Jaime Sancho, nunca llegó a utilizarse.

Ni que decir la hermosura de las pinturas que decoran las puertas del retablo de la Virgen María, puertas que esta vez se encontraban abiertas, pudiendo disfrutar de este modo de sus pinturas interiores.


Retablo de la Virgen. Catedral de Valencia.


De todo ello hablaremos en posteriores artículos, sin embargo, mientras Jaime Sancho nos explicaba como el antiguo retablo de plata labrado por el orfebre italiano Piero da Ponce  entre los años 1489 y 1506, era fundido en Mallorca a causa de la guerra con los franceses, algo se nos escapaba bajo nuestros pies.

Bajo los pies del canónigo  y Celador del Santo Cáliz, una bonita estrella de mármol,  parecía y parece pasar desapercibida al gentío que visita diariamente la Catedral.



D. Jaime Sancho Andreu sobre la estrella de ocho puntas en un momento de la visita a la Catedral de Valencia realizada por Valentia Mediaevalis.


Tras la guerra civil, entre julio de 1940 y junio de 1941, y debido a los grandes daños sufridos en la  Catedral durante la contienda, se realizaban una serie de obras y trabajos destinados a reparar todos los desperfectos causados, además de aprovechar para realizar algunos cambios en su estructura, como el traslado de parte del coro al presbiterio o el desmontaje de los órganos.

Durante la guerra civil, la Catedral de Valencia fue incendiada, sus capillas saqueadas, y su nave central utilizada como almacén.

Durante las obras que dirigió el arquitecto Vicente Traver en esos años, el pavimento que pisaba Jaime Sancho mientras nos hablaba del retablo de plata, se rebajó y se renovó por completo, sin embargo, se respetó la desapercibida y tímida estrella de ocho puntas que por lo general no suele generar demasiada expectación... hasta ahora.



D. Jaime Sancho Andreu sobre la estrella de ocho puntas en un momento de la visita a la Catedral de Valencia realizada por Valentia Mediaevalis.


Para conocer su procedencia debemos viajar a la reforma barroca realizada en la Catedral durante el último tercio del siglo XVII, donde según palabras del canónigo Ángel Oñate Ojeda creían que la riqueza de la decoración era superior a la elegancia de la construcción. 

Fue el obispo Luis Alonso  de los Cameros (1668-1676), quien decidió cambiar la capilla principal de la Catedral de gótico a Barroco, siendo su brazo ejecutor el arquitecto Juan Bautista Pérez, quien comenzaba la obra el 12 de junio del año 1674, terminando la fábrica el 26 de mayo de 1682. Para ello el obispo donaba nada menos que 12.000 libras. Según cuenta Elías Olmos y Canalda en su obra Los prelados valentinos, sólo en oro se invirtieron 15.000 libras, y era reputada, por sus finísimos jaspes y mármoles blancos y negros, siendo la más espléndida capilla de España.

Fue durante esta período de tiempo, cuando la estrella de ocho puntas  se colocó en el suelo que pisaba Jaime Sancho; el único vestigio del pavimento barroco que se respetó durante las obras realizadas en la capilla mayor tras la guerra civil.


Detalle de la estrella de ocho puntas.


La estrella, de mármol blanco y negro y cuyas puntas miden 77 centímetros de largo, se encuentra inscrita en un círculo de 2,47 metros de diámetro. El centro está realizado en jaspe rosado, y tiene un diámetro de 33 centímetros. mientras que la circunferencia de mármol blanco que protege a la estrella tiene un total de 27 centímetros.

Y es esto, su medida, lo que según dice Juan Ángel Oñate Ojeda la hace especial.




Según afirmaba el canónigo, alguien decía que era la medida de la campana de horas del Miguelete. Subí a medirla y vi que concordaba: 2,20 metros de diámetro interior, más 0,27 del reborde circular. Total del diámetro, 2,47 metros, la misma que le círculo de mármol donde se encuentra nuestra estrella de ocho puntas.

Afirmaba Oñate como argumento que eso ya lo daba por cierto, pues en otras catedrales los barrocos hicieron lo mismo. En la antesacristía (barroca y del mismo tiempo poco más o menos) de la Catedral de Burgos, hay otra estrella semejante y dicen que la las dimensiones son las de la campana mayor...

¿Una simple coincidencia? ¿Fruto de la casualidad? ¿Hecho con toda la intencionalidad? Sería interesante averiguar si como dice Oñate este mismo hecho se repite en otras catedrales.





Ni que decir tiene que la campana de horas de la Catedral de Valencia no ha sido una campana con mucha suerte. La primera campana se rompió el 15 de agosto del año 1458, por lo que en marzo del año 1465 comenzó la fundición de una nueva. El encargado de su vaciado fue el latonero Luis Trilles, quien se puso manos a la obra el 15 de julio de ese mismo año, sin embargo por falta de material, salió sin asas, por lo que tuvo que ser vaciada de nuevo.

Por desgracia, el nuevo Miquel se volvía a romper el 24 de julio del año 1481, volviéndose a fundir en la plaza de la Catedral. Pero por si esto fuera poco, el 16 de febrero del año 1519 un rayo caía sobre el remate de la campana, la cual salía despedida haciéndose añicos:

Dimecres a 19 de Febrer 1519 feri un llam al Micalet del Campanar de la Seu de Valencia, huis crema tot lo chapitel de fusta que estaba damunt dita Campana, que dura lo cremor mes de una hora de rellonge, que pareixia que tota Valencia se cremaba: es veya lo foch dos legues luny de Valencia. 
Con los restos de fundió otra campana, esta vez de manos del campanero Melchor Trilles. Era el 28 de octubre de 1521, y para subir la campana a lo alto del Miguelete se utilizó un curioso método ideado por el cochero Juan Zaragoza:

Hizo unas arcas de gruesos tablones, y puso dentro de ellos tanto plomo como tenía de peso la campana; asentó una carrucha á la parte de la plaza que afronta con la puerta principal de la iglesia, y otra á la calle del Reloj en igual correspondencia. Ató con fuertes maromas la campana y las arcas, dejando caer de éstas unas sogas, y con ellas se asieron unos hombres membrudos y de fuerza, y con la violencia de ellos y el peso de las arcas, comenzó á mover la campana, y al mismo paso que las arcas bajaban subía la campana, bien que con alguna resistencia hasta que llegaron á estar iguales, y después, en seis horas y media, estuvo todo hecho.

De poco sirvieron las bendiciones y plegarias para proteger esta campana. El 4 de octubre del año 1532 se volvía a romper, fundiéndose de nuevo en el año 1539.

Todavía nos narra Sanchis y Sivera dos percances menores sufridos por el Miquel:


Tocando la séptima hora de las once en la noche del 4 de Octubre de 1623, se rompieron las asas, cayendo torcida hacia uno de los pilares que la sustentaban, sin sufrir consecuencias ni daño alguno. Se le hizo un agujero por la parte superior y le atravesaron un fuerte hierro, colocándola en su lugar. Después, en 3 de Diciembre de 1657, cuando se festejaba con castillos de artificio el natalicio del príncipe Felipe, hijo de Felipe IV, se prendió fuego el remate de madera, consumiéndose en poco tiempo, y bajándose la campana poco á poco hasta tropezar con unas barras de hierro que á prevención se habían colocado allí.

Seguro que la próxima vez que visitemos la Catedral, más de un visitante se sorprenderá al ver que nuestra mirada no sube hacia el retablo mayor, si no que al contrario que la del resto, baja hasta el suelo para mirar con una sonrisa de complicidad esta tímida y desapercibida estrella de ocho puntas, sin duda alguna para desearle mejor suerte que a la campana de horas de la Catedral.






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